Lo que Wharton descubrió sobre el amor en las empresas — y por qué la mayoría de los líderes prefiere no saberlo

El estudio que los números no pueden ignorar

Por qué este estudio cambia todo lo que creíamos sobre liderazgo

Las tres razones por las que los líderes evitan el amor compañerismo

Qué significa esto para tu organización hoy

El amor no es el opuesto de los resultados — es su condición

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1. Lo confunden con debilidad

2. No saben cómo se ve en la práctica

3. Creen que no se puede medir

Cultura Organizacional

Juan Guillermo Hernández Hoyos · Julio 2026 · 8 min de lectura

Hay una palabra que incomoda en las salas de juntas. Una palabra que hace que algunos directivos se acomoden en su silla, que otros sonrían con condescendencia, y que unos pocos — los más honestos — reconozcan en silencio que lleva años ausente de su liderazgo.

Esa palabra es amor.

No el amor romántico. No el amor de las canciones o las películas. El amor que ocurre cuando un colega te pregunta cómo estás y se queda a escuchar la respuesta. El amor que existe cuando un líder conoce no solo los resultados de su equipo sino las personas detrás de esos resultados. El amor que se activa cuando alguien comete un error y lo primero que surge no es la búsqueda de culpables sino la búsqueda de soluciones.

En 2014, la profesora Sigal Barsade de la Universidad de Wharton — una de las escuelas de negocios más rigurosas del mundo — publicó en Administrative Science Quarterly los resultados de una investigación que cambió lo que entendemos sobre cultura organizacional. El estudio se llamó "What's Love Got to Do with It?" Y lo que encontró debería estar en el escritorio de cada CEO, cada director de RRHH y cada líder que se pregunta por qué su equipo cumple pero no transforma.

Barsade y su coautora Olivia O'Neill pasaron 16 meses en una organización real midiendo con precisión científica algo que la mayoría de los modelos de gestión ni siquiera considera: los niveles de afecto, compasión, cuidado y ternura que los miembros de un equipo expresan entre sí en el día a día.

A ese conjunto de emociones lo llamaron amor compañerismo — companionate love en inglés — y construyeron un sistema de medición riguroso que incluía observadores externos, encuestas a empleados, entrevistas con familiares y análisis de los espacios físicos donde trabajaban las personas.

Los resultados fueron contundentes.

Las unidades con culturas más fuertes de amor compañerismo tenían mayor satisfacción laboral, mejor trabajo en equipo, menor ausentismo y menor agotamiento emocional. No como una correlación débil o circunstancial — como un patrón consistente y estadísticamente significativo.

Pero Barsade no se quedó ahí. Para confirmar que estos resultados no eran exclusivos de un sector específico, amplió la investigación y encuestó a 3.200 personas en siete industrias distintas — tecnología, finanzas, servicios públicos, manufactura, entre otras. El resultado fue el mismo en todos los sectores: mayor amor compañerismo equivale a mayor compromiso, mayor responsabilidad personal y mayor rendimiento sostenido.

Y entonces llegó el hallazgo que más incomoda a quienes creen que los negocios y las emociones deben mantenerse separados: el amor compañerismo predecía los resultados organizacionales mejor que muchos de los indicadores de gestión tradicionales.

Llevamos décadas construyendo organizaciones sobre un supuesto que nunca cuestionamos: que las emociones son ruido en el sistema. Que el liderazgo efectivo es el que sabe separar lo personal de lo profesional. Que la exigencia y el afecto son fuerzas opuestas y que un buen líder elige la exigencia.

El estudio de Wharton demuestra que ese supuesto no solo es incorrecto — es costoso.

Lo digo desde mi propia experiencia. En 2018, mientras lideraba un área de alto rendimiento en el sector financiero, cargando la presión de grandes números y procesos de transformación complejos, me diagnosticaron cáncer de vejiga. Cinco años de tratamiento. Cinco años mirando de cerca lo que realmente importa.

Y en ese proceso entendí algo que ningún indicador de gestión me había enseñado: había construido un liderazgo técnicamente sólido y emocionalmente vacío. Sabía leer balances. Sabía gestionar carteras. Sabía entregar resultados. Pero no sabía — o no me había permitido — crear el tipo de cultura donde las personas dieran lo mejor de sí no porque les tocaba sino porque les nacía.

El estudio de Barsade tiene un nombre para eso que me faltaba. Y tiene los números para demostrar que su ausencia tiene un costo real, medible y evitable.

La creencia más extendida — y más dañina — es que mostrar afecto genuino por el equipo debilita la autoridad del líder. Que si la gente te quiere, no te respeta. Que si cuidas, no exiges.

Barsade lo refuta directamente. En su investigación, los líderes percibidos como más compasivos eran también los percibidos como más competentes y con mayor capacidad de liderazgo. El afecto no reemplaza la exigencia — la potencia.

El amor compañerismo no es un programa de bienestar ni una política de puertas abiertas. Es algo mucho más simple y mucho más difícil al mismo tiempo: es la decisión cotidiana de ver al ser humano detrás del rol.

Se ve así: un líder que conoce lo que le importa a cada miembro de su equipo más allá de su descripción de cargo. Un equipo donde alguien puede decir "no sé cómo hacer esto" sin miedo a ser juzgado. Una cultura donde los errores se procesan colectivamente en lugar de individualizarse en búsqueda de culpables.

Esas cosas no cuestan dinero. Cuestan presencia. Y la mayoría de los líderes están demasiado ocupados siendo eficientes para ser presentes.

Barsade dedicó buena parte de su carrera a demostrar que las emociones en las organizaciones no solo se pueden medir — sino que deben medirse. Su conclusión fue clara:

"Nuestro campo tiende a enfocarse en las cogniciones compartidas de las personas en el trabajo, pero entender las emociones compartidas también puede tener resultados importantes para las organizaciones."

Si lideras un equipo — de dos personas o de doscientas — el estudio de Barsade te plantea tres preguntas que vale la pena responder con honestidad:

¿Las personas de tu equipo se sienten vistas como seres humanos o solo como recursos productivos?

No como una pregunta filosófica. Como una pregunta de gestión. Porque la respuesta determina directamente el nivel de compromiso, la tasa de rotación y la capacidad de tu equipo de atravesar momentos de alta presión sin romperse.

¿Cuándo fue la última vez que expresaste afecto genuino hacia alguien de tu equipo?

No un correo de "buen trabajo". Una conversación donde dijiste específicamente qué valoras de esa persona, no solo de su rendimiento.

¿Tu cultura actual permite que alguien cometa un error y lo diga en voz alta sin miedo?

Porque si la respuesta es no, tienes una cultura del miedo disfrazada de exigencia. Y esa cultura no solo destruye el bienestar de las personas — destruye la capacidad de innovación, la velocidad de aprendizaje y la resiliencia organizacional ante el cambio.

Después del cáncer, después de un proceso profundo que me permitió ver mi historia desde otro lugar, construí el método GAA — Gratitud, Amor y Acción — como respuesta a una pregunta que me hice en una cama de hospital:

¿Qué tipo de líder quiero ser cuando nadie me está evaluando?

El método no nació de un libro. Nació de entender que había liderado durante años desde la angustia — presionando, exigiendo, entregando resultados — sin construir el tipo de cultura donde las personas pudieran dar genuinamente lo mejor de sí mismas.

El estudio de Barsade no me sorprendió cuando lo encontré. Me confirmó algo que ya había aprendido de la manera más difícil: las organizaciones que transforman no son las que más presionan. Son las que más cuidan.

Y cuidar — con rigor, con claridad, con exigencia y con afecto simultáneamente — es la forma más inteligente de liderar que la ciencia ha podido documentar hasta hoy.

¿Quieres implementar el amor compañerismo en tu organización con un método concreto?

Juan Guillermo Hernández Hoyos

Estratega de organizaciones vivas.

Encendiendo culturas que los KPIs no pueden explicar.

Lecciones de la parrilla: Por qué un equipo necesita fuego, no solo presión.

Más allá del ROI: Por qué el amor es la métrica oculta de las empresas rentables.

"Nuestro campo tiende a enfocarse en las cogniciones compartidas de las personas en el trabajo, pero entender las emociones compartidas también puede tener resultados importantes para las organizaciones." — Sigal Barsade, MIT Sloan Management Review